
Este pasado 10 de junio mi abuelo cumplió los 95 años; como celebración nos juntamos todos en su casa. Me dejé unos grandes bigotes y barba al estilo de Cristiano Viejo, al estilo de Francisco de Quevedo, a pesar de que la mayoría de mis antepasados fueron judíos sefardíes o Marranos. Después a estos antepasados en algún punto se les olvido que fueron judíos y aceptaron la fe Cristiana, para bien o para mal (pero yo diría que bien). Nuestra judería solamente fue recordada, porque ahora todos quieren ser Españoles y tener un pasaporte es un ticket de salida de este país que tanto queremos y despreciamos. En esta reunión familiar un tío se acerca a mí y me interroga:
– “De casualidad ¿has leído algo por Alejandro Dumas?” – con una pequeña sonrisa en su rosto.
– Le respondí – “Claro, El Conde de Monte Cristo es una de mis novelas favoritas.”
– Y mi tío con la misma sonrisa dice – “Yo estaba pensando más bien en Los tres mosqueteros, que por supuesto son cuatro.”
Me platicó que en España hay grupos donde se reúnen aficionados del libro, portan grandes bigotes retorcidos en las extremidades, hacen uso de esas bellas prendas de un mosquetero y hablan al estilo de un gentilhombre del siglo 17. Claro esta comparación la tomé como un gran elogio y me dieron ganas de leer este libro.
A principios del libro nos presentan al joven d’Artagnan un Gascón, con grandes ambiciones de ser un mosquetero. Interesantemente, algunos de mis antepasados provienen cerca de Gascuña o de Gascuña dependiendo del mapa. Mis antepasados vivían en Charante a un tiro de piedra de Burdeos. Los Gascones son descritos como orgullosos, fáciles de insultarse, algo impulsivos y yo diría que necios, cualidades (o bien defectos) que el escritor posee, como pudieran confirmar mis padres, amigos y la novia. Después conocemos a los tres mosqueteros: Athos, Porthos y Aramis. Athos es un hombre serio, respetado y rara vez se sonríe. Porthos todo lo contrarió es gritón, de presencia imponente, burdo e impulsivo. Aramis es agradable a la vista, vanidoso y teólogo.
Cuando comencé a leer el libro instantáneamente quise ser como Athos, porque soy más bien como Porthos. Mi abuelo maternal es una de las personas que más admiro, él siempre fue callado, muy gentil y pensativo y a él sí le gustaba reírse. Siempre lo han descrito como humilde, yo diría que era un estoico en práctica, a pesar que (según yo) nunca leyó a algún autor estoico. Por el contrario siempre he sido inquieto e impulsivo y ahora, especialmente bajo efectos del alcohol, vulgar y fanfarrón. Estoico en teoría mas no en la práctica.
Al principio de la novela d’Artagnan se hace enemigo de los tres mosqueteros. Porthos y el Gascón se conocen cuando al correr a toda velocidad d’Artagnan tumba a Porthos. Tras un intercambio de palabras, d’Artagnan nota un tahalí en el cuello de Porthos, la correa estaba cubierta en oro, pero solamente en la parte delantera, por detrás era un metal menos precioso. Como yo, que me jacto de ser estoico, de ser un lobo, cuando en realidad no soy más que un perro.
¿Qué es un perro? Un perro es aquella persona que vive cómodamente y habla de su libertad y comodidad, pero no puede ver la correa que está atada en su cuello. Al perecer su dueño el perro no puede sobrevivir. El lobo nunca dejó que fuera domesticado, prefirió el camino duro, pero el de la independencia y libertad. Como una vez dijo mi hermano: el camino pavimentado es más fácil de trotar, pero no pueden crecer las flores. Aquel que dice que es libre (como yo) casi nunca lo es, la libertad no se expresa, se manifiesta en las acciones.
El perro se vanagloria de su libertad y paradójicamente sabe que tiene un dueño, sabe en el fondo que lo necesita y peor aún quiere necesitarlo. Es como esa persona que todos conocemos que piensan que los vicios lo hacen libre. Esto se manifiesta en su manera de hablar o de vestir que tienden ir a hacia lo grotesco y lo banal, cosa que al principio impacta y después aburre. Estoy pensando en el tipo de gente que entra en un proceso de «encontrarse» y después de tirarse una sarta de drogas y tomar malas decisiones culpan todos sus problemas en la famosa «sociedad,» maestra de todos los males. Tienden hacia lo grotesco porque ven como lo sagrado los juzga y es la manera de eliminar este sentimiento, pero el sentimiento no desaparece o sus acciones los destruyen. Supongo que hay cierta gente que admiro que toman este camino, un Iggy Pop y otros artistas punk, pero hay algo de veracidad y originalidad en sus acciones.
Dentro de los perros hay razas, dice el dicho. No es lo mismo ser un perro callejero que sabe vivir por su cuenta a uno que depende totalmente de su dueño. A diferencia de los perros que nacen siendo una raza nosotros podemos escoger (hasta cierto punto) que raza somos o en algunos casos si llegamos a hacernos lobos. El primer paso es reconocer que no necesitas algo o a alguien. Para el materialista, el primer paso es darse cuenta que no necesita ese Rolex o un traje de ese sastre Napolitano. Para el adicto, el primer paso es saber que esa adicción no tiene ningún beneficio, ni en moderación y es mejor eliminarlo por completo de tu vida. Para el empleado, es no ceder el control de tu vida hacia tu empleador y si uno tiene los huevos y el dinero (si tiene familia), renunciar. Es mucho mejor ser una cabeza de ratón que una cola de león.
Hay una historia probablemente apócrifa del filosofo cínico Diógenes, cuyo comportamiento se dice refleja el de un perro, donde Diógenes conoce a Alejandro Magno. El Macedonio había escuchado hablar de Diogenes, que dormía en la calle, se masturbaba públicamente y se deshizo de su única posesión, un vaso, cuando se dio cuenta que podía beber con las manos. Al verlo, impresionado por estas historias, Alejandro le pregunta:
– «¿Hay algo que pueda hacer por ti?»
– «Sí, puedes moverte un poco a la derecha, para tapar el sol»- responde el filosofo.
Asombrado por la respuesta Alejandro Magno le dice – «Si no fuera Alejandro Magno, me gustaría ser Diógenes.»
De manera impecable el filosofo responde – «Si no fuera Diógenes, me gustaría ser Diógenes.»
Ni Athos, ni Porthos, me gustaría ser Justo María Viadero.