Sobre la trágica belleza de la muerte

El día que nacimos fuimos condenados a la muerte. Desde el primer momento de nuestra existencia llevamos arrastrando esa condena, como un preso caminando al verdugo. A unos esa caminata les toma tan solo unos momentos, otros largos años, el resto en algún punto entre estos. El fin es el mismo de todos y la experiencia humana y animal termina con este inmutable fin.

Así como la vida inevitablemente nos lleva a la muerte, la muerte nos da la vida. Es gracias a este tiempo limitado que tenemos en la tierra, que sentimos lo que sentimos, vivimos esos trágicos momentos de intenso dolor, pero también experimentamos esos inmensos momentos de plenitud, goce y amor. La muerte es el precio que pagamos por nuestra experiencia humana, a veces trágica, vacía y dolorosa, a veces divertida, romántica y perfecta, pero nunca vacía de hermosura.

La muerte nos da esa sonrisa que tenemos cuando platicamos con alguien que nos gusta, que cada palabra enunciada suena como la más hermosa sinfonía. Nos da ese sentimiento despreciable de inmenso vacío cuando a un ser que queremos se le arrebata la vida. Ese increíble momento cuando logras superar aquello que anteriormente parecía imposible. Esa vez que te tomas de la mano por primera vez con una pareja, y también ese desgarrante dolor cuando la tomas por última vez. Cuando te sucede algo trágico y tienes el coraje y la valentía de seguir luchando por algo que amas.

La muerte nos da esos increíbles y apasionados momentos, que no tuviesen una onza de sentido si no fuera por el fin de esta experiencia. El precio que pagamos a veces se queda corto por estos sublimes momentos que se nos han otorgado.

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